El fenómeno que ha trasladado familias desde las zonas rurales hacia los espacios urbanos ahora parece invertirse: muchos sueñan con vivir la tranquilidad de aquellos espacios otrora abandonado.
Por Maya para IgoohHistóricamente se ha dado el fenómeno migratorio desde el campo hacia las ciudades en busca de una mejora en la situación económico-laboral, en busca de oportunidades, lo que en algún momento se ha denominado “hacerse la América”.
En la actualidad muchos de los que han nacido en un marco urbano, acaso por causa de una herencia migratoria de sus antepasados, se sienten apresados en un espacio que, intuyen, no les pertenece. Quisieran convivir en un marco de menor concentración y quieren literalmente escapar de la ciudad.
Ir a vivir al campo no implica instalar entre los labios una espiga, calzarse un jardinerito de jean y hablar campechanamente. Algunos optan por ciudades o pueblos con un ritmo bien distinto al de las capitales y ello no es más que la búsqueda de una mejor vida, idéntica motivación que otrora anidaran aquellos que migraron inversamente, de las zonas rurales hacia las ciudades.
En España grupos de acción local han gestionado un proyecto llamado “Abraza la tierra”, que pretende frenar la despoblación en los cerca de mil pueblos rurales de aquel país. Emprendedores, familias o trabajadores desilusionados con el modo de vida urbano son los protagonistas de este éxodo.
Entre ellos "hay de todo", desde jóvenes emprendedores que tienen una empresa en la ciudad y se dan cuenta de que pueden trasladarse a un pueblo con mejores condiciones (mayor disponibilidad de espacio y contacto con la naturaleza) y calidad de vida, hasta personas de cierta edad divorciadas o viudas que durante mucho tiempo han llevado en la ciudad una vida que "les ha agotado".
Más cerca de aquí, un amigo me dice mientras recorremos el Museo MALBA enclavado en el sector más refinado del barrio de Palermo, que es una verdadera lástima que semejante edificio ocupe tanto espacio verde y con algo de nostalgia me dice que extraña Olavarria.
“No es que allá uno viva en constante contacto con la naturaleza, pero una cierta predisposición nos conecta de otro modo, más que nada extraño aquel ritmo, el modo en que la gente dialoga. Hay algo en este tránsito que nos vuelve otros”.
Cuando no nos alcanzan los fines de semana, o cuando la realidad y la conciencia apremian, el movimiento migratorio puede resultar ser una opción válida para remediar tanta falta de aire. Acaso esa ausencia sea el grito de la sangre, algo inmerso en los genes que anuncia una migración inversa, unos no tantos años atrás.
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muy buena.
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